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jovenes

January 22, 2007

Ayer estuve toda la tarde con un chico del taller en el que participé este finde, preguntandole cosas. J es de Algiers, the west bank, barrio negro y bastante tirado aunque sólo muy levemente afectado por la
tormenta. Trabaja con jovenes, jovenes que han sido echados de los colegios, metidos en ciclos de delinquencia y instituciones penales desde la tierna infancia. Antes de la tormenta ya estaba muy mal la cosa: el estado de Louisiana anticipa la futura demanda de plazas en las carceles a base del número de niños que no aprueban los tests de alfabetismo en el cuarto año del colegio. Nada sutíl en el estado disciplinario aquí: el colegio se hace explicitamente un tanque de retención hasta que los jovenes tengan edad de carcel. Pero si las instituciones son malevolas, tampoco es que haya mucho horizonte fuera en una comunidad tan desmadejada, arrasada por la violencia y la droga y la ética de todos contra todos. El imagen de la decadencia de las poblaciones negras y urbanas es tal tópico de la sociología barata y racista que no me lo suelo creer mucho, pero cuando J. cuenta las vidas de algunos de los chavales con los que trabaja da escalofrios.

Y si esto no fuera bastante, ahora se trata de jovenes que, con sus doce añitos, ya hayan participado en bandas armadas de lucha de supervivencia en una ciudad inundada, saqueando tiendas y casas y peleandose por el saqueo entre las ruinas, ya hayan tiroteado con la policia, ya se hayan visto abandonados de la mano de díos y del estado… y ahora les vas a habilitar para trabajar en el Walmart (“soy Cindy, cómo le puedo atender?”) y integrar en un sistema que ya saben – al fondo – que es una mierda, un espejismo, una burbuja? J. dice que a los que saben se les mueren los ojos, ya han pasado al otro lado, han salido de la matrix. La gente hablaba de esto también en Beirut de los chavales reclutas en las milicias: cómo asumir el civismo y ‘la normalidad’ cuando tu momento más formativo es la violencia extrema y el colapso de todas los costumbres de la civilización?

Una quiere creer que en estos ojos muertos haya la semilla de una gran insurrección. Que una persona se vuelve imposible de entrenar en las humillaciones del trabajo basura es motivo de alegrarse, que tenga conciencia del cinísmo del estado y rabia ante la mentira es señal de vida y potencia, no? J. está de acuerdo y apuesta por esta esperanza, pero dice que hasta ahora no ha visto a nadie – a lo menos de esta generación – que haya conseguido convertir esta conciencia y esta rabia en organización y solidaridad y no en auto-destrucción y violencia, gula por las fruslerías del consumo compulsivo, ‘ como nécoras en un barríl.’ Si no tienes ningún punto de referencia externa: cómo imaginar la paz? cómo concebir la dignidad? cómo soñar con la tranquilidad de una tarde soleada?

Luego llega otro, V. que también trabaja con jovenes negros de la misma clase. V. señala la tensión vital y ética: con la policía siempre encima, la represión tan impune y el precio de la rebeldía tan alto, quién se atreve a animar los jovenes a la confrontación? Existe siempre la tentación de enseñarles cómo bajar la cabeza, cómo aguantar, cómo vivir la pequeña dignidad de apañarse dentro del sistema; que intenten conciliar su pequeña paz como buenamente puedan. Para esto hay cientos de programas, todos financiados – por ‘filantropía’ – por grandes multinacionales: American Express ofrece un programa de créditos por méritos (notas academicas, logros deportivos, etc) que acumulan a una tarjeta y en algún momento pueden canjearse en tiendas de moda. Walmart y Burger King ofrecen pasta para programas de formación en ‘habilidades vitales’ (cómo vestirse, peinarse, hablar, andar, etc. para ser ‘empleables’ – esto incluye hasta cambiarse de nombre para quitar el estigma de los nombres que suenan a gueto), y luego emplean ‘en prácticas’ a los que aprueban la formación, y por sus esfuerzos con ‘las comunidades a riesgo’ reciben un pago del estado por cada joven empleado. El cinísmo no tiene fondo. Y los que trabajan en estos programas son perfectamente concientes del cinísmo pero ‘qué remedio?’ ‘mejor que nada’ ‘es la realidad que hay.’

Pero no, no, tienen – tenemos – que aprender a imaginar un horizonte más allá de la humillación y el cinísmo. Total, si los jovenes pos-Katrina ya son más allá del alcance es estos programas, estos programas ya hacen referencia a un mundo para ellos ajeno y caduco. Entonces cómo? Por dónde empezar? Antes de Katrina, V. estaba intentando a animar un centro de arte para jovenes, con clases de formación política, historia de la diáspora africana, para que tuviesen algo del que enorgullecerse. Todo se arrasó con la tormenta, ahora piensa empezar de nuevo. Es dificil, dice. Puede que enganchan algunos, pero la mayor parte vea ésto también como una milonga. Hablamos de la necesidad de una sensación de movimiento, de apuesta: tiene que ser de verdad, que a estos chavales ya nadie les engaña con boberías. Imaginamos los jovenes de los ojos muertos protagonizando la gran marcha a Washington de todos los ‘Katrinos’ repartidos por todo el país, aquella marcha con la que muchos sueñan pero que nadie parece capaz de lanzar. Pero Washington, qué Washington? A quién hay que hablar en Washington y de qué? Qué se puede esperar de Washington? Entonces aquí, aquí, sobre el terreno, algo que aún no tiene nombre…

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