No sé si será por mi punto de aterrizaje en este mar que es Nueva Orleans, o porque la cuestión es tan acuciante aquí que surge necesariamente; en todo caso el hecho es que cada dos por tres me topo con un cierto corriente de anti-racismo aquí, asociados con los talleres que lleva el Peoples Institute for Survival and Beyond y otros parecidos. Muy interesante.
Ayer quedé con una chica, majísima, que dentro de Common Ground, un proyecto muy grande y muy visible (de cuyos chismorreos ya me he enterado de más de lo que quisiera) intenta introducir esta reflección sobre el racismo estructural y internalizado. Intenta abordar, en serio, el problema que representa ser blanca y de clase profesional, y además no autóctona de aquí, y siendo tal cómo ser un sujeto político que potencie los sujetos en posiciones menos privilegiados, menos móbiles, menos visibles, que cuentan con menos recursos… y luego cómo intervenir en un contexto tan delirante como el de ‘Common Ground’ desde la perspectiva de que ‘ésta es mi gente, si me gusta o no: los jovenes universitarios blancos del norte, y como es mi gente pues me toca trabajar con ella, pensar en ella, intentar orientarla y limitar el daño que hace.’ Está claro que preferiría trabajar directamente con los grupos y proyectos de N.O., que está harta de Common Ground y su estilo, pero considera que alguién tiene que pensar el impacto de esta masa joven en el entorno nuevaorleanse, y canalizar de algún modo el poder, recursos y influencia que representa.
La verdad es que me parece una postura muy responsable, si un tanto sacrificada. Y no cabe duda de su sinceridad, su lucha con un ‘partir de si’ bastante dificultoso, etc.
Lleva un año en un grupo de trabajo que organiza talleres anti-racistas para los voluntarios y también sirve de espacio de reflección y desahogo para los que llevan tiempo con esta cuestión dentro de la organización. Lo que me contó de los talleres me pareció muy bién pensado. Como tenía una reunión del grupo en el mismo sitio donde habíamos quedado para hablar, me quedé a ver qué onda.
Lo primero que me impactó es la forma de hablar de todos del grupo. Tan tan cuidadosa, cuidadosa hasta mojigata, este sobre-esfuerzo (fruto, sin duda, de muchos talleres de metodología) de ser comunicativo y respetuoso y horizontal y transparente… y de paso obstaculando el lenguaje de tal manera que la expresión, la pasión, el humor, la poesia, etc. quedan definitivamente estrangulados.
Es exactamente lo que observabamos de como hablan tantos activistas – sobre todo las activistas – jovenes blancos: como si tuviesen miedo a pronunciarse. Y aquí se explicita lo que ya sospechaba sobre este fenómeno: que por el puro esfuerzo de ser respetuosos y concientes de su propio privilegio casi se anulan como sujetos. Ésta Rebecca, tan simpática, angustiada a la hora de acercarse a las organizaciones de New Orleans porque se cree tan rotundamente deslegitimada, condenada por su piel blanca a reproducir la opresión o la desigualdad de poder allá donde vaya, que se queda paralizada, y ve que su tarea política principal es la contención y la limitación del impacto de si misma y de sus semejantes.
Me recuerda de mi momento ecologista, cuando tenía 14 años y me angustiaba pisar la tierra por si aplastaba bichos microscópicos, respirar por si mi presencia alteraba la composición de los microbios: esta sensación de formar, irremediablemente, parte del cáncer de la civilización.
Se hace fácil de burlar de este paralísis, pero luego pensandolo me parece una cosa seria, y de verdad dificil. Las blancas y ricas del mundo no vamos a ser – ni debemos ser – el sujeto revolucionario. Y si queremos estar de lado de los que sí, pues nos toca pensar seriamente cómo acompañar y apoyar sin dominar el escenario.
Pienso en un colectivo que conocí en NYC, sobre el que nunca llegué a escribir nada pero que me impresionó mucho. Eran chavales blancos que querían apoyar a las organizaciones autónomas de mujeres de color. Valorando con las mujeres qué podría ser su contribución, llegaron a la conclusión que lo mejor, lo más radical que podrían hacer era estar disponible para cuidar a los hijos de las mujeres cuando ellas tenían reuniones o acciones. Ahora hay todo una red de solidarios que cuidan los hijos de las mujeres organizadas. Una forma muy clara de renunciar el protagonismo, de asumir el legado de siglos en los que eran las mujeres de color cuyo cuidado permitía el protagonismo de los y las blancos y blancas. Pero…
Algo de mi resiste esta lógica, pero me cuesta analisarlo. Prefería pensar una forma de política que intentara abordar el problema de la desigualdad a través del debate, el encuentro, la traducción, la amplificación y no en la auto-censura. Como si al dedicarse a la auto-censura una vuelve a darse una centralidad innecesaria y traiciona una postura más potente, más positiva, de apertura. Me parece condescendiente, sin querer, y un poco fatalista: como si cada quién fuese condenada a cumplir su papel racial en cada momento. Y sin embargo: en un caso como el de Common Ground, en un contexto como el de New Orleans ahora, cómo evitar que una masa afanosa de jovenes blancos arrasen la frágil ecología de las organizaciones locales?
Todo esto pide – una vez más – un analisis más completo de la noción del ‘privilegio’ tal como se utiliza aquí, lo que tiene de interesante y lo que tiene de paralizante. Y estas otras nociones que le suelen acompañar: ‘impact’ (con su vertices positivos y negativos) y ‘accountability’.
Y luego algo un poco más allá de esto, que tiene que ver con el alma y la pasión y el riesgo, en los contextos políticos como en la vida en general…